MUSEO VIVO

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El cerebro sintonizado por cable: la máquina que prometía acelerar el aprendizaje en los noventa

Un estuche de plástico negro del tamaño de un casete VHS, cinco luces led alineadas y un par de anteojos de sol modificados con diodos internos. En 1992, la empresa Psych Research metía en los institutos de enseñanza y en los escritorios de profesionales el Innerquest IQ~Tutor+, un dispositivo de estimulación foto-fónica que prometía alterar las ondas cerebrales para fijar conocimientos en tiempo récord. No era ciencia ficción; era la era dorada de las “Mind Machines” analógicas.

El aparato funcionaba mediante un principio físico directo: frecuencias de luz parpadeante a través de las gafas y pulsos auditivos biaurales por los auriculares. Al encender el equipo, el usuario seleccionaba uno de sus siete programas preestablecidos (PGM-1 a PGM-7) diseñados para inducir estados de alerta, relajación profunda o retención de datos, forzando al cerebro a sincronizarse con frecuencias Alpha o Theta.

La resistencia analógica frente a la distracción algorítmica

Hoy, cuando las tiendas de aplicaciones móviles saturan al usuario con interfaces de suscripción mensual y notificaciones que fragmentan la atención, el viejo bloque de Innerquest funciona al revés. No recolecta datos, no requiere conexión a internet y su interfaz se reduce a presionar botones mecánicos de plástico rígido (V UP, V DN, PGM).

La efectividad de estos equipos radicaba en el aislamiento físico. Al calzarse los lentes opacos, el entorno desaparecía. Frente a la estimulación digital contemporánea —diseñada para retener el ojo del usuario mediante el consumo infinito—, la vieja tecnología de estimulación lumínica buscaba el efecto opuesto: el encierro sensorial para forzar el foco interno.

El rastro del circuito en la colección de El Túnel

La unidad del IQ~Tutor+ que descansa en los estantes de El Túnel Cultural conserva el cable amarillo de entrada externa y el desgaste mate en los pulsadores tras miles de horas de uso. Rodeado de cartuchos de Family Computer y manuales de Space Invaders, el objeto funciona como el eslabón perdido entre el optimismo tecnológico de finales del siglo XX y la búsqueda obsesiva por el rendimiento mental. Se exhibe no como un fetiche de la nostalgia, sino como un testigo material de la época en que la optimización humana dependía de un circuito impreso y un par de pilas AA.

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Magazine: anatomía técnica de un cartucho de ocho pistas

Un rodillo de caucho arrastra la banda magnética de un cuarto de pulgada a una velocidad constante de 9,5 centímetros por segundo. Dentro de la carcasa plástica no hay dos carretes, sino un único bucle continuo que se despliega desde el centro y se vuelve a enrollar por el exterior. El reproductor Four Star exhibido en el ala de tecnología de audio expone las perillas analógicas de tono y balance, despojadas del plástico cromado por el uso real en las rutas de los años setenta.

El bucle físico frente al algoritmo

El formato de ocho pistas, popularmente denominado magazine, eliminó la necesidad de dar vuelta el soporte para continuar la escucha. En la bandeja metálica del archivo descansan compilados de edición regional como Hit Sounds Vol. 2 y la banda sonora de Saturday Night Fever. Las etiquetas, impresas con tipografía de la época, detallan una división rígida de cuatro programas estéreo paralelos.

A diferencia del cassette convencional o del disco de vinilo, este sistema carece de la función de rebobinado rápido. La música avanza en un sentido único. Una pequeña banda de empalme metálica, adherida a la cinta original, cierra el circuito eléctrico al pasar por el cabezal, provocando un impacto mecánico audible: el característico clack que desplaza la púa reproductora hacia el siguiente canal magnético.

El desgaste técnico de la cinta magnetofónica genera una respuesta de frecuencia media que amortigua los agudos estridentes, una firma sonora que los compresores digitales de streaming intentan replicar mediante software sin emular el siseo real del arrastre mecánico.

La resistencia de la escucha lineal

Hoy, la presencia de estos cartuchos en El Túnel Cultural funciona como un freno a la inmediatez digital. El dispositivo impone sus propias condiciones de reproducción: no existe el salto de pista instantáneo ni la navegación por carpetas de archivos. La audición se convierte en un proceso estrictamente lineal, ligado a la tracción de los engranajes y al estado de conservación del óxido de hierro sobre el poliéster.

La preservación de estas unidades se enfoca en el mantenimiento de los componentes mecánicos internos, propensos a resecarse con el paso de las décadas, y en la calibración de los motores de corriente continua de los reproductores fijos y de tablero.

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Spika: el aparato que puso la AM en el bolsillo

La aguja clava el dial justo sobre el logotipo de las tres aspas caladas en el centro de la rueda. Es una Spika, el artefacto de origen japonés ensamblado por Sansei que, a comienzos de la década de 1960, desarmó el monopolio del living familiar para fragmentar la escucha. Este ejemplar en particular, con su carcasa de plástico verde inyectado y la inscripción Transistor Six Super Luxe en la base, conserva el chasis limpio y el reverso preparado para la clásica batería de 9 voltios.

La llegada de la Spika al mercado local transformó la fisonomía del espacio público. Su circuito integrado de seis transistores de germanio eliminó la necesidad de conexión a la red eléctrica y redujo el peso del aparato a unos pocos gramos. Fue el dispositivo que inventó el paisaje sonoro de las canchas de fútbol los domingos —con el monocorcho del auricular blanco metido en la oreja para contrastar el grito del gol en directo con el relato técnico del relator— y el que musicalizó las madrugadas de los peones rurales y los obreros fabriles.

Hoy, la persistencia de esta arquitectura de audio incomoda la inmediatez del consumo digital. Frente al streaming que exige suscripciones, conectividad estable y entrega sus datos al mejor postor, la Spika opera bajo la severidad del éter. La sintonía fina depende del pulso dactilar sobre el dial de aluminio y de la orientación física del aparato para que la antena de ferrita interna capture la onda portadora. No hay algoritmos de recomendación: hay frecuencias, potencia de transmisión y geografía pura.

La pieza que custodia El Túnel Cultural funciona como un documento de arqueología industrial y social. El desgaste sutil en los bordes cromados de la rejilla del parlante no es un defecto estético, sino la huella material de su uso intensivo en una región donde la Amplitud Modulada era —y en muchos parajes sigue siendo— el único cordón umbilical con la información diaria.

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View Master: el visor que convirtió la luz en entretenimiento tridimensional

Siete pares de diapositivas estéreo montadas sobre un disco de cartón bastan para engañar al cerebro humano. El visor View-Master de la firma GAF, fabricado en plástico inyectado rígido y coronado por su clásica palanca lateral naranja, convierte la luz ambiental en una pantalla tridimensional sin necesidad de baterías, cables ni circuitos integrados. El chasquido seco del mecanismo interior al pasar de un fotograma al siguiente marca el ritmo de una experiencia visual que dominó el entretenimiento doméstico durante décadas.

La mecánica interna del fotograma doble

La estereoscopía no depende de la electricidad, sino de la geometría. El dispositivo funciona bajo un principio físico simple: dos lentes independientes dirigen la mirada hacia dos transparencias de película fotográfica filmadas con una leve separación angular, emulando la distancia matemática que separa a los ojos humanos.

El ejemplar del archivo de El Túnel, un modelo clásico de los años setenta y ochenta, conserva la tensión exacta en el resorte de su brazo de arrastre. Al bajar la palanca, el disco gira catorce grados exactos, posicionando el siguiente par de imágenes de película frente al visor. La luz que ingresa por las pantallas de plástico esmerilado translúcido en la parte posterior retroilumina la emulsión química, revelando una profundidad de campo real atrapada en un fotograma de apenas unos milímetros.

La resistencia óptica frente a la tiranía del píxel

En pleno auge de los cascos de realidad virtual hipercomplejos y las pantallas OLED que saturan la retina, este bloque de plástico sostiene su vigencia por su estricta economía técnica. No hay retraso en la imagen (lag), no existen actualizaciones de software obligatorias ni recolección de datos de navegación.

La imagen del archivo expone el contraste histórico: de fondo, las ilustraciones de visores de estética de ciencia ficción sesentista anticipaban un futuro hipertecnológico, mientras en primer plano el View-Master resolvía la tridimensionalidad con ópticas limpias. Frente al flujo infinito del scroll digital contemporáneo, el formato de disco cerrado impone un límite saludable: siete escenas, una historia y la obligación física de detener la mirada para entender la composición del plano.

El archivo físico que duerme en El Túnel

La pieza recuperada para el archivo, flanqueada por un sobre original de Bugs Bunny & Tweety editado en 1991, sobrevive sobre las estanterías metálicas como un documento de diseño industrial de alta resistencia. Estos visores no se pensaron como objetos de vitrina, sino para soportar el trato rudo de las manos infantiles y el desgaste del rozamiento continuo de los cartones.

En el laboratorio del museo, el objeto invita a recuperar el control del tiempo de observación. El ejemplar se conserva operativo, limpio de hongos en sus lentes internas y listo para demostrar que la profundidad visual es un fenómeno físico, no digital.

 

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El Casio VL-1 y la revolución del pop minimalista que podías llevar en el bolsillo

De la escuela al estudio de grabación: El Casio VL-1 y la revolución del pop minimalista que podías llevar en el bolsillo

Lanzado por la firma japonesa Casio a las puertas de los años 80 (1979/1980), el VL-Tone VL-1 nació bajo un concepto híbrido casi absurdo para la época: combinar una calculadora electrónica de ocho dígitos con un sintetizador monofónico de teclas de botón. Aunque inicialmente se comercializó casi como un juguete o un gadget de oficina, su portabilidad y su sonido crudo y digital llamaron la atención de la escena contracultural y el synth-pop global.

 

El VL-1 no era solo un generador de tonos cuadrados. Tenía un secreto de culto: el modo ADSR. Al poner el selector en la función de calculadora, el usuario podía ingresar un código numérico de 8 dígitos para alterar los parámetros de Attack, Decay, Sustain, Release y el tipo de onda, operando en las entrañas de su microchip para moldear un sonido propio.

Sus ritmos preestablecidos (Rock-1, March, Waltz, Bossa Nova) marcaron el pulso de una época. De hecho, el ritmo “Rock-1” es la base inconfundible del mega-hit mundial “Da Da Da” de la banda alemana Trio (1982). También fue usado por artistas de la talla de Kraftwerk (en el álbum Computer World), Depeche Mode, The Human League y, a nivel nacional, por los proyectos más experimentales del underground porteño en los 80.

 

Hoy, en pleno auge de la saturación digital y el software infinito, el VL-1 es buscado por productores de música electrónica, indie y lo-fi por su textura única. No se puede replicar fácilmente esa conversión digital-analógica tan barata y crujiente de sus componentes originales. Además, la persistencia de estas unidades físicas con sus marcas de uso y pátina del tiempo (como los icónicos stickers de Spiderman de la unidad relevada) aporta el testimonio perfecto de un objeto que sobrevivió a la cotidianidad hogareña para convertirse en una pieza de colección.

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El Lenco B55 expone sus engranajes de precisión en El Túnel Cultural

Una polea de goma muerde la cara interna del plato de aluminio y el motor síncrono arranca sin vibraciones. No hay pantallas táctiles ni actualizaciones de firmware. El Lenco B55, fabricado en Suiza a finales de la década de 1960, opera bajo las leyes estrictas de la física y la mecánica de precisión. Su chasis de acero gris, empotrado en un plinto de madera veteada, sostiene un mecanismo de transmisión por polea (idler wheel) que entrega un torque inmediato, una característica extinta en los reproductores modernos de correa.

A diferencia de los populares modelos L75 con plato pesado, el B55 se consolidó como una variante de plato ligero altamente eficiente, equipada con un sistema de velocidad variable continuo que cubre desde los 16 hasta los 78 RPM. El brazo mecánico, con su portacápsulas angulado y un sistema de contrapesos por gravedad, exige calibración manual: aquí el sonido no se descarga, se extrae mediante la fricción física de una púa de diamante contra las paredes del surco de vinilo.

En plena era del ‘streaming’ de baja fidelidad y algoritmos que deciden el próximo tema por el usuario, este dispositivo impone un ritmo diferente. La música recupera su peso material. Escuchar un disco en este soporte requiere manipular la palanca de encendido, limpiar la superficie con cepillo de carbono y apoyar el brazo con pulso firme. Es un recordatorio de que la alta fidelidad alguna vez fue una cuestión de ingeniería metalúrgica y no de ancho de banda.

Este ejemplar forma parte del archivo técnico de El Túnel Cultural. Recuperado y calibrado en nuestros talleres, el Lenco B55 no funciona como una pieza de nostalgia estática, sino como una herramienta activa para el estudio del registro fonográfico local, demostrando que el verdadero estándar de durabilidad se construía con fundición y acero suizo.

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Polaroid 1000: La cámara que capturó los 80

Lanzada en 1977 (conocida popularmente en Estados Unidos como la OneStep), la Polaroid 1000 no buscaba la perfección técnica, sino la instantaneidad absoluta. En un mercado dominado por complejos procesos de laboratorio y pesados equipos mecánicos, Polaroid irrumpió con una carcasa plástica color crema, un icónico arcoíris atravesando su cuerpo y un llamativo botón rojo (o verde, según su edición).

Su funcionamiento era ridículamente simple: no hacía falta configurar el enfoque, medir la luz ni calcular la exposición. Era apuntar, disparar y ver cómo la química del cartucho SX-70 reaccionaba ante tus ojos en cuestión de un par de minutos. Su lente de plástico fijó una firma estética irrepetible: colores sobresaturados, contrastes crudos, viñeteados naturales y una luz de flash integrada que quemaba las imperfecciones de la piel.

  • Datos de color de un icono: * El Arcoíris de Land: La banda multicolor en el frente no era un mero adorno pop; representaba el triunfo científico de Edwin Land al llevar el color al revelado instantáneo.
    • Energía oculta: La cámara carecía de compartimento para pilas. La batería plana encargada de alimentar el motor de expulsión y el flash estaba embutida de manera invisible dentro de cada cartucho de película.
    • El sonido de la noche: El característico zumbido mecánico de eyección de la fotografía se transformó en el paisaje sonoro de las fiestas de la época.

Andy Warhol y la precursión del diario visual instantáneo

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Andy Warhol se consolidó como uno de los grandes precursores en el uso de la fotografía instantánea como herramienta artística y de registro personal, definiéndola como un “diario visual”. A lo largo de su carrera utilizó diversos modelos de la marca. Sus autorretratos experimentales, que reflejaban una búsqueda constante de identidad, poseen un alto valor comercial en la actualidad; colecciones específicas de doce de sus selfis están valoradas entre los $250,000 y $350,000 dólares.

La persistente lente de Warhol registró minuciosamente a la fauna cultural de las décadas de 1970 y 1980. Entre las personalidades capturadas en sus sesiones se encuentran figuras de la música, el arte, la moda y el cine como:

  • Músicos y creadores: Lou Reed, Nico, Mick Jagger, John Lennon, Yoko Ono, Debbie Harry, Patti Smith y Diana Ross.

  • Iconos de la moda y el arte: Yves Saint Laurent, Gianni Versace, Giorgio Armani, Carolina Herrera, Paloma Picasso, Diana Vreeland, Salvador Dalí y Man Ray.

  • Talentos emergentes y colaboradores: Jean-Michel Basquiat, Keith Haring, Juan Dubose, Robert Mapplethorpe, Ultra Violet, Candy Darling y Divine.

  • Figuras del cine y la literatura: Jack Nicholson, Anjelica Huston, Joan Collins, Arnold Schwarzenegger y Truman Capote.

 

Maripol: La guardiana del Downtown

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Mientras el gran público usaba la Polaroid 1000 para retratos familiares y recuerdos de vacaciones, en el caótico Nueva York de principios de los 80 una diseñadora, estilista y directora de arte francesa entendió que ese formato efímero era el lenguaje perfecto para la inmediatez de la noche: Maripol.

Cargando su cámara colgada al cuello como una extensión de su propio cuerpo, se convirtió en la cronista visual definitiva del Downtown neoyorquino. Su flash crudo actuaba como un ecualizador estético, capturando a los creadores de tendencias en su estado más puro, antes de que las corporaciones los convirtieran en marcas globales. Maripol no solo registraba la moda; ella la moldeaba con sus manos. Fue la mente maestra detrás del look fundacional de Madonna en la era Like a Virgin, llenándole los brazos de pulseras de goma negra y crucifijos que luego retrataba bajo la fría luz química de su Polaroid.Mitología Instantánea: Los rostros del lente

Las páginas de los diarios visuales de Maripol se poblaron de personajes que estaban reescribiendo las reglas de la cultura contemporánea, congelados en cuadrados perfectos de 8×8 cm:

  • Jean-Michel Basquiat y Keith Haring: Los reyes del neoexpresionismo y el graffiti neoyorquino, posando desinhibidos, mezclando el arte de galería con la urgencia de la calle.
  • Madonna: Retratada en la intimidad de departamentos caóticos y camarines antes de convertirse en la Reina del Pop.
  • Grace Jones: La musa absoluta de la androginia y la vanguardia, cuyos ángulos faciales parecían tallados matemáticamente para encajar en el formato Polaroid.
  • Andy Warhol: El padre del Pop Art (y confeso obsesivo de las Polaroids) cruzaba miradas, complicidad y disparos de flash con Maripol.

Sudor y Beats en el Paradise Garage

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Si había un lugar geométrico donde este choque de arte, moda, tecnología pop y sonido subterráneo cobraba vida real, era el Paradise Garage en King Street (Soho). Este templo de la música, comandado por el legendario DJ Larry Levan, no era una discoteca convencional; era un espacio de comunión, la iglesia negra y queer donde mutaron la música disco, el garage y los primeros cimientos del house moderno.

En una pista gigantesca y oscura, donde un sistema de sonido sin precedentes hacía vibrar la caja torácica de los bailarines, los destellos de la Polaroid de Maripol funcionaban como pequeños relámpagos artificiales. Sus capturas instantáneas congelaron la densa atmósfera del Garage: la textura del cuero y el látex, el brillo del sudor reflejado por el flash, los pasos de baile extasiados y la profunda sensación de libertad de una subcultura que bailaba hasta el mediodía del domingo.

Cada foto expulsada por la Polaroid 1000 era un documento vivo: un trozo de noche que se materializaba físicamente en la palma de la mano mientras los graves de Larry Levan hacían temblar las paredes. Hoy, esas imágenes son piezas de un museo vivo que nos recuerda que la eternidad se puede capturar en un segundo de intuición.

Casi medio siglo después de su lanzamiento, la Polaroid 1000 —y la revolución que trajo consigo— se niega a quedar en el olvido. En la era de Instagram donde abundan los filtros artificiales e imágenes infinitas que mueren en la memoria de un teléfono, el formato cuadrado de Polaroid resiste como un acto de rebeldía analógica. Aquella cámara plástica de botón llamativo y arcoíris en el pecho demostró que el arte no dependía de la perfección técnica, sino de la urgencia de vivir el momento. Al final, Warhol, Maripol y los cuerpos sudorosos del Paradise Garage compartían la misma certeza: que la vida real ocurre en ráfagas de inmediatez, y que no hay mayor magia que ver cómo el presente se congela, se revela y se toca con las manos.

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Atari 2600: El videojuego que llevó nuevos mundos a los livings familiares.

Hubo una época en la que Atari era el rey indiscutido del living. No importaba si los gráficos eran un par de píxeles cuadrados; para muchos, esos cuadraditos eran naves espaciales, canchas de fútbol y mundos enteros por descubrir.¿Te acordás de la felicidad que se sentía al soplar un cartucho? 

Lanzada originalmente en 1977 como Atari Video Computer System (VCS) y rebautizada luego como Atari 2600, esta máquina no solo introdujo el concepto de cartuchos intercambiables a nivel masivo, sino que definió la estética de una generación. Con más de 30 millones de unidades vendidas en todo el mundo, la Atari 2600 no fue la primera consola de la historia, pero sí la primera en volverse extremadamente popular.

Hoy, el desarrollo de videojuegos mira a este sistema no como una limitación del pasado, sino como una escuela viva de minimalismo. En tiempos de hiperrealismo digital y saturación de estímulos, la abstracción de los 8 bits obligaba al usuario a utilizar la imaginación para completar el píxel en su mente. El entretenimiento requería una paciencia y un cuidado físico que hoy parecen de otra era: los juegos no se desmaterializaban en una nube invisible; se tocaban, se soplaban con fuerza si acumulaban polvo en sus conectores de cobre y se sintonizaban con meticulosa precisión artesanal en el canal 3 o 4 de los viejos televisores de tubo.

La odisea de cruzar el Paraná

Lo que quizás no sabías es el increíble viaje que hacían estas consolas para llegar a nuestra provincia, con una historia digna de una película de aventuras que cruza directo por la provincia de Misiones.

En pleno auge del videojuego, conseguir una Atari original en Argentina no era tan fácil ni tan accesible. ¿La solución? El ingenio fronterizo. En esa época, cruzar a Paraguay era la meca de la tecnología. La travesía tenía mística propia: las consolas pasaban en balsa a través del río, esquivando el agua y los controles, para desembarcar en tierra misionera. Desde Misiones, esos tesoros tecnológicos se distribuían al resto del país. Así, gracias a las aguas del Paraná y a los revendedores que se la jugaban en cada viaje, miles de casas argentinas se llenaron de cables, joysticks de un solo botón y tardes enteras de vicio.

 

El legado en nuestro archivo

La locura por esta marca es tan grande que trascendió las pantallas y se convirtió en objeto de estudio y preservación. Dentro del archivo vivo de El Túnel, contamos con la versión de 1982 de la consola, apodada popularmente “Darth Vader”. Este modelo se caracterizó por su frente completamente negro, un diseño que dejaba atrás las vetas de madera de los años 70 para abrazar el minimalismo futurista de los 80.

El rescate de esta época en nuestro espacio no se limita solo al hardware. También contamos con el libro “La historia de Atari”, escrito por José Manuel Fernández, una biblia absoluta e ideal para entender a fondo cómo una empresa de nerds cambió el entretenimiento para siempre.

Y, por supuesto, preservamos los cartuchos de sus juegos más emblemáticos para quienes quieran revivir esa magia en primera persona: desde el legendario Space Invaders y el vanguardista Star Raiders, hasta el curiosamente famoso E.T., recordado por muchos como el peor juego de la historia de la industria.

Y vos… ¿Jugaste alguna vez con esta mítica consola?

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Commodore 64: La computadora personal mas vendida de la historia

En 1982, el mundo de la informática era un privilegio de pocos, con máquinas costosas y complejas. Todo cambió con la llegada de la Commodore 64. Bajo la filosofía de Jack Tramiel —”computadoras para las masas, no para las clases”—, esta máquina salió al mercado con 64 KB de RAM, una cifra asombrosa para la época que superaba incluso la memoria del ordenador del Apolo 11.

En El Túnel, custodiamos un ejemplar original, recordándonos el momento exacto en que la informática doméstica dejó de ser un sueño para convertirse en una realidad en el living de cada casa.

 

Una revolución de sonido y gráficos

Lo que hizo a la C64 una leyenda no fue solo su precio competitivo, sino su corazón técnico:

  • El Chip SID: Su chip de sonido revolucionó la música digital, permitiendo composiciones que hoy son consideradas obras de arte.

  • Cuna del Gaming: Con una biblioteca de más de 10.000 títulos, fue el hogar de clásicos como The Last Ninja, Elite e Impossible Mission (famoso por ser uno de los primeros en incluir voces digitalizadas).

  • El Lenguaje Basic: A diferencia de las consolas de hoy, al encender una C64 te encontrabas directamente con un entorno de programación. Esto convirtió a toda una generación de jóvenes en los programadores que hoy lideran el mundo tecnológico.

“No solo jugabas en la C64, aprendías a crear tus propios mundos.”

El “Tiburón” del mercado

El documental de LinuxChad destaca la agresiva estrategia de Commodore. Para reducir costos, fabricaban sus propios chips, lo que les permitió bajar los precios hasta los 200 dólares, sacando de competencia a gigantes como Texas Instruments y haciendo temblar a Apple. La C64 no se vendía en tiendas especializadas de informática que “intimidaban” al usuario, sino en jugueterías y tiendas de electrodomésticos, llegando directo al corazón de la familia.


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